Saturday, January 06, 2007

La Guerra Florida

Tenés que sortear la loma de la Plaza San Martín: ilusión óptica de valles y hondonadas para el visitante advenedizo en la ciudad de la chata llanura, después pasar junto al imponente Kavanagh y el monumento a Echeverría: primer escritor Gore argentino. Entonces sí, como si fueras un auténtico conquistador podés divisar con ojos vírgenes los frutos de la mítica tierra prometida: llegaste a la Calle Florida.
En sus primeras cuadras La Florida está en cueros: “leder”, “leder” pregonan excéntricos promotores políglotas mientras el olor de la curtiembre se hace carne en tus órganos olfativos. A las dos cuadras de internarte descubrís las ruinas arqueológicas de Harrods: precedente antediluviano del shopping center y templo celebratorio de la influencia británica sobre la economía del Río de la Plata, pero asimismo la caja encristalada de zapatos que atesora los recuerdos perdidos de tu lejana infancia: la primera propaganda de TV, la primera excursión “al centro” con película Disney en el cine Los Angeles y tu primer susurro, casi erótico, a la oreja de ese rechoncho Papá Noel. Te quedarías inmóvil llenando de recuerdos furtivos ese enorme espacio pero la marea humana te atrapa y te impone su ritmo: rozado, pechado, empujado, arrastrado en la poderosa corriente de los cuerpos te dejás llevar por su frenética danza insomne. Sos hábil para surfear con destreza la ola y encaramarte en lo alto salpicado por la espuma de los días, los pelos y los tacos repiqueteantes. Atravesás Tucumán dejando atrás las últimas tolderías y sus cueros de potro sin echar a rodar ni un lagrimón y tu nariz es invadida por la grasa perfumada del Mc Donald’s, las esencias de vainilla y coco de las boutiques con su irresistible olor a compras y las muestras gratis de perfumes caros que azafatas de cabotaje arrojan como dardos sin cerbatanas directo a tus fosas nasales.
El semáforo de Córdoba te hace apreciar a la fuerza la magnificencia del Centro Naval: cumbre barroca de la patria naútica construida por los arquitectos Jacques Durraut y Gastón Mallet en 1914 hasta que el VERDE empuja a la marea y apenas echás un vistazo de reojo al lujo reciclado de las Galerías Pacífico tan pronto como te desviás de tu curso por la aglomeración que suscita una pareja de bailarines de tango al punto que casi estás por chocar, los cuerpos se aprietan y detenerse es morir, hacés un ocho, un giro, arrastrás el pie derecho y de pronto todos están bailando la cumparsita como en esa película de Héctor Babenco. Dos pasos más adelante un retratista te atrapa para siempre en una línea sobre su tela como un calígrafo chino. Combatís el calor sofocante arrimándote a la vereda para recibir los efluvios de aire acondicionado que expulsan los locales desde su confortable interior refrigerado. Te tienta un café en la Richmond pero la marea ya te arrastró una cuadra a la deriva: en La Florida no se puede dudar; esta es la tierra de la decisión y el arrojo. Ahora dos tangueros curtidos en los años 40 se imponen al bullicio con guitarra y bandoneón “Es la revancha del tango” dice entre samplers y loops Gotán Project desde una casa de música como si fuera necesario ponerle un título al cuadro de situación.
De pronto el tiempo se detiene.
Es una pareja. Llevan ropas de lluvia: impermeables y paraguas. Una tremenda ráfaga de viento los azota y tira de sus corbatas, sus abrigos y sus cabellos y hasta ha dado vuelta el esqueleto metálico de sus paraguas. La inesperada aparición de dos estatuas humanas en el vértigo frenético de Florida tiene el mismo efecto que la de un témpano de hielo en las dunas del Sahara. Los espectadores abrevan de la inmovilidad de esos cuerpos prodigiosos y lo más extraño es que les arrojan monedas para que se muevan, cuando vos les darías una fortuna para que permanecieran en ese grado de cero de la motricidad beneficiándonos con su bálsamo estático.
Las estatuas humanas te dan fuerzas y te lanzás con renovados bríos a la marcha fatal de La Florida y así llegás hasta el cruce con Calle Corrientes. La multitud se agolpa a tu alrededor mientras ves al ejército enemigo aprestar sus huestes en la orilla contraria: hay gritos de ánimo y coraje a ambos lados, crece la expectativa y aumenta la excitación, que se expresa en un zumbido de colmena. No mirás a tus compañeros pero sabés que estás dispuesto a dar la vida por ellos, hasta que el semáforo, o Dios, divide las aguas de Corrientes y todos se lanzan en la arremetida final. Dos masas compactas de cuerpos avanzan ansiosas al irremediable encuentro donde los ejércitos demuestran la interpenetrabilidad de la materia. El Cruce de Corrientes impone un enigma a los especialistas a la altura de las formaciones espontáneas de las aves migratorias. Es la antiguerra y la victoria consistirá en un enroque de multitudes que se atraviesan sin tocarse.
Sano y salvo en la otra orilla, entre el tufo grasiento del Burger King y las ofertas deportivas del Show Sport te topás con un blusero idéntico a “Encías Sangrantes”, el personaje de Los Simpsons, que entona “Down by the corner” con el hondo sentimiento de Missouri . Al terminar sólo lo aplaude –aunque hay que decirlo, con fervor desmesurado– un linyera conmovido. “Cambio, cambio” vocea autómata un arbolito pero pronto es superado por un pelado con ínfulas de tenor que anuncia “vendemos todo sin línea, activamos celulares, vendemos todo sin…”. Para no quedarse atrás la miseria también saca sus vidrieras a la calle: nenes de 7 años en harapos estiran la mano y piden sin convicción una moneda a la indiferencia muda de los peatones apurados por llegar a ninguna parte. Un vendedor ambulante ofrece la “revolucionaria lámpara robótica” que abrochada a la solapa de un libro permite leer en la oscuridad y hace su demostración con un ejemplar de Antígona de Sófocles mientras otro vendedor arroja unas vituallas acuáticas a una pequeña piscina inflable donde los juguetes se entrechocan en ciegas órbitas una y otra vez como si fueran espermatozoides en busca de su óvulo. En la paleta sónica no falta ni el armonioso canto de los pájaros, aunque provocado por un gordo con camisa desabrochada y ominoso ombligo al aire que sopla un silbato plástico para simular el gorgeo y lo hace coincidir con los punteos telúricos del guitarrista folklórico a sus espaldas. ¿Es bueno el guitarrista? No podés saberlo porque ya lo silenciaron los acordes de “Volver” que la casa de discos de tango arrojan a la calle desde sus inmensos parlantes y un segundo después sucumben ante los amplificadores del ensamble del Noreste Argentino que interpreta la canción de “Titanic” con un solo de quena. Decidís dejar el mundo en suspenso y te internás en la Galería Güemes para ver el París que no fue y caminar entre sus sobrerrelieves dorados y sus cúpulas de catedral profana y salís listo a afrontar los nuevos peligros: los cruces son cada vez más riesgosos .La gran marcha de lemmings humanos no acepta las interrupciones de las bestias metalmecánicas. A lo largo de La Florida los odios se van acrecentando entre las dos facciones y a la altura de Bartolomé Mitre los ánimos están listos para iniciar las acciones bélicas: es la guerra de los peatones contra los automovilistas. Cuando el semáforo se pone en verde se inicia la lucha: los autos arremeten con su caballería: una horda infernal de motocicletas se lanza a toda velocidad amedrentando a los valientes peatones con sus vocinas biiiip, biiiip, biiiip, mientras aceleran sus rodados. Los peatones retroceden y la primera batalla es para los automóviles, que aprovechan el campo libre abierto por las motos y avanzan. Pero los peatones no se dan por vencidos: se reagrupan al borde de la acera y sus mariscales discuten una nueva estrategia: no se puede ir al choque contra la infantería automotriz, sin embargo la cohesión de su tropa es débil y deja huecos, por un instante el flujo de coches se detiene y los peatones aprovechan para lanzar su aguerrida vanguardia: cientos de soldados cruzan por el surco abierto en las líneas enemigas. Ya llegan refuerzos en cuatro ruedas que aceleran y tocan bocina sin hacer mella en los temerarios peatones: tal vez algunos perezcan como los ñus en las mandíbulas de los cocodrilos, pobres mártires de esta guerra sin cuartel. Pero los autos no se atreven a perpetrar la masacre y frenan a último momento para iniciar una marcha lenta y empantanada, peleando milímetro a milímetro con puteadas y bocinazos. Los valientes y anónimos peatones que se han hecho con la insignia de la victoria ya se pierden en el horizonte de La Florida. El semáforo corta y en pocos minutos esta guerra inmemorial conocerá otro nuevo y cruento episodio.
Ya casi lo lográs, sólo tenés que esquivar unos kioscos de diarios empapelados con mapas del país y unos pósters de 3 pesos cubanos con la imagen del Che. Tan seguro estás de tu victoria que te permitís un pequeño desvío en Av. De Mayo para visitar la “Feria de Libros de Chiche Finkelstein” y adquirís El Gran Gatsby en tapa dura por $3. Cruzás la avenida y retomás el curso de La Florida dispuesto a remontarlo hasta su nacimiento, como si fuera el Nilo. El paisaje ha cambiado, quedaron atrás las tiendas y ahora predomina el edificio de la Legislatura Porteña y otras dependencias estatales. Al fondo ya divisás el monumento ecuestre al “Roca Genocida” tal como lo han rebautizado los grafitos y a sus espaldas la Manzana de las Luces, pero demorás tu avance final para disfrutar del espectáculo: es la tarde del jueves, último día laboral del año en la administración pública y en los edificios los empleados festejan rompiendo y arrojando papeles a la calle. Algunos celebran lanzando papeles y otros recogiéndolos para venderlos por kilo a los recicladotes, aunque deben competir con las cuadrillas del Gobierno de la Ciudad que se empeñan en reprimir cualquier conato de mugre. Así las cosas, te dedicás a caminar entre la nívea lluvia de papelitos y observás en el piso esos fragmentos de informes, formularios y memorándums que durante el transcurso del año han tenido la mayor importancia y que ahora son destruidos y arrojados al vacío para celebrar que el año próximo habrá otros informes, formularios y memorándums que serán de la mayor importancia hasta que en la última jornada laboral del año, etc.
Finalmente y contra todos tus pronósticos arribás a la Diagonal Roca y te detenés a observar La Florida en perspectiva: la marea avanza con indiferencia, tesón y tal vez un secreto éxtasis entre una lluvia de papelitos que caen de los edificios como un premio a este grandioso y gratuito espectáculo humano.

Zedi Cioso

Tuesday, January 02, 2007

Adios al Dacia

Ante el inapelable veredicto del mecánico (“hay que cambiarle el tren delantero y los cuatro amortiguadores, hacerle los frenos, reemplazar el larguero derecho podrido y cuando lo acelerás, el motor fuma) decidí vender mi auto, hasta entonces vehículo oficial de este blog: el querido y célebre Dacia. Tras buscar a un chapista que disimulara la herrumbre que exhibían ciertas zonas de la carrocería y pintara superficialmente el macillado, lo que en la jerga del oscuro mercado de venta de autos usados se conoce como “el disfraz”, acudí a una agencia y mi auto llegó a las páginas del Gran Diario Argentino:

Dacia 1410 93 p/dia s/deuda muy bueno tit (mi teléfono celular)

El aviso salió el sábado, signado como el día clave para la venta de automotores. Recibí dos llamados y una visita: una mujer cuya cara de decepción mutó a gesto de fastidio cuando traté en vano de poner en marcha el motor. Al parecer un desperfecto que venía arrastrando desde un tiempo atrás se había agravado y sólo un milagro podía hacer que regulara en frío.

A la semana siguiente bajé mis pretensiones monetarias y volví a publicarlo. A nadie le importaba que este auto hubiera protagonizado dos post y tuviera un cameo en una novela inédita. No encontraba interesados en pagar el valor agregado de la celebridad literaria. Yo tampoco podía dejar de sentirme un poco ruin: durante 4 años el Dacia había brindado un servicio impecable: casi nunca me había dejado de a pie y yo, ahora que él necesitaba mantenimiento lo abandonaba a la buena de Dios. Traté de subsanar al mismo tiempo mi falta con el Dacia y con la literatura garrapateando una novela protagonizada por mi vehículo, pero el plan naufragó tras unas pocas páginas desganadas.

Al segundo aviso, más exitoso, respondieron 3 llamados y una visita: un hombre que quería comprarle el auto a su esposa. El tipo parecía decidido, pero cuando llegó su mujer y vio el Dacia por poco pide el divorcio. Mis conocidos trataban de alentarme “tené paciencia, siempre hay un roto para un descosido”, pero con esas frases no levantaban el ánimo del auto ni de su dueño. Esa semana traté de solucionar o al menos disimular el problema del motor, solo para volver a chocar con la retórica derrotista de mi mecánico: “Escupe aceite y empasta las bujías: está andando en dos cilindros, en vez de cuatro” ¿Solución? Desarmar el motor y evaluar si hay que cambiar la tapa de cilindros o hacer cambio de aros o ambas cosas. ¿Costo? Arriba de los mil pesos. ¿Conclusión? “Que Dios te ayude”.

Harto del desprecio de los supuestos interesados y abrumado por otras tantas obligaciones decidí tomarme libre el fin de semana siguiente para pensar alguna solución. El domingo almorzaba en casa de mis suegros cuando me sonó el celular: un antiguo interesado quería ver el auto. Acordamos un encuentro ahí mismo. El hombre llegó al rato, acompañado por su esposa. Fuimos hasta el auto y me pidieron que lo pusiera en marcha. Me senté en la butaca del conductor, bombeé una vez el acelerador, introduje la llave, le di contacto y tiré del cebador como si fuera la cuerda de un paracaídas. El motor carraspeó, tosió, escupió y después rugió como nunca. El Dacia vibraba como un fórmula uno. Decidí dejarlo así, cebadísimo, mientras el interesado hacía la acostumbrada inspección visual. Tras unos minutos me preguntó si podíamos dar una vuelta. “Sí, claro” repuse. El hombre ocupó el lugar del acompañante y su mujer se acomodó como pudo en las butacas traseras. Aceleré el Dacia a fondo para que no se apagara y salimos. Puedo decir que fue la vuelta manzana más tensa de mi vida, pero concluyó exitosamente. Dejamos el vehículo en el mismo punto donde habíamos arrancado y descendimos. Contra todos mis cálculos el tipo dijo que estaba interesado e iniciamos una puja por el precio en la que yo traté de defender mi posición menos por afán lucrativo que para desalentar sospechas. Finalmente llegamos a un acuerdo. Volví exultante a la casa de mis suegros y comuniqué la inesperada noticia que suscitó un inmediato brindis. El Dacia me había brindado su última muestra de lealtad y nobleza.

Cuatro días más tarde y tras innumerables y tediosos trámites acordé un encuentro con el comprador para cerrar el trámite. El hombre dijo que como venía de La Plata le resultaba muy incómodo llegar hasta mi casa y proponía hacer la operación en un bar. Al rato recibí el llamado de mi madre, que de pronto había echado a andar su máquina de ficciones paranoicas y había convertido de buenas a primeras a un honesto viajante de comercio en el líder de una siniestra organización criminal. “Te van a robar” “Están arreglados con el taxista” “Te van a asaltar en el baño del bar” “Decile que se cancela la operación” “Decile que no tenés garantías” “Llamalo y decile o sino lo llamo yo”. Finalmente logré zafarme de su asedio, pero logró su cometido de turbarme en grado sumo. Llegué al bar acordado 40 minutos más tarde, tras buscar infructuosamente algún conocido con facha intimidante que pudiera acompañarme y evitar la ya segura celada.
El comprador me recibió con un efusivo apretón de manos, sacó los fajos de dinero de su bolsillo, los metió en una servilleta y me los dio a la vista de todos los parroquianos. Me los engullí en el bolsillo y partí rumbo al baño, pero me topé con un niño que trataba de prender la luz “Pedile al señor que te ayude” apuntó cariñosamente su madre, pero el nene estaba sonrojado “bueno –agregó comprensiva– esperá que vaya el señor y después entrás vos”. Me zambullí como una tromba en el excusado. Conté los billetes dos veces y después me cercioré uno por uno que no fueran falsos. Cuando salí traté de no mirar al niño que ya debía haberse hecho encima. Volví a la mesa y firmamos todos los papeles. Acompañé al comprador hasta el auto. En el camino trató de iniciar una charla “¿El Dacia es búlgaro, no?, pregontó ” “Rumano –respondí- es rumano, -y agregué- La Dacia es una región de Rumania” “Ah, claro, como La Transilvania” “Si, exacto”. Llegamos al auto. El comprador subió y le entregué las llaves. Tras un par de infructuosos intentos, logró ponerlo en marcha. Le di la mano a través de la ventanilla y divisé un taxi conducido por un anciano de aspecto inocente. Lo detuve y lo abordé mientras el comprador aun seguía enfrascado en arduas maniobras para lograr el control del vehículo. Le di la dirección de mi casa al taxista y no miré ni una vez hacia atrás.

Zedi Cioso


Bonus Track 1

El taxista es un viejo tanguero con el que de inmediato inicio una conversación acerca de la mejor ruta para ir a mi casa. Yo menciono que días atrás había tomado la ruta José María Moreno-Acoyte y no la aconsejaba. “Ah, ¿Usted tiene coche?” pregunta el taxista. “No” contesto de inmediato (la máquina paranoica de mi madre continúa activada). “A veces mi papá me presta su auto”. Y enseguida nos enfrascamos en las ventajas y desventajas de tener un vehículo propio. Yo, claro está, adopto la defensa del peatón. “¿Y qué estuvo haciendo por el centro?” dice el taxista como para cambiar de tema (“cuidado con lo que decís” “cuidado con lo que decís” “cuidado con lo que decís”) “Vengo de trabajar y ahora voy para mi casa” le digo “Ah, ¿Y de qué trabaja?” insiste el taxista (“Ojo” “Ojo” “¡Ojo!”) “Arreglo computadoras”, respondo. “Qué interesante” dice el viejo chofer, “Sí, es un buen trabajo, porque me permite regular los tiempos, ahora voy a mi casa y sigo trabajando desde allá, o me llaman y salgo para otra empresa” y me explayo cerca de diez minutos más sobre las ventajas de mi trabajo como reparador de PCs.

Bonus Track 2

Hace una semana que vendí el Dacia y debo decir que no cultivo el animismo. No lo “extraño”, no me angustia en lo más mínimo salir a la vereda desde mi casa y saber que ya nunca lo veré estacionado por ahí. Ver un Dacia cualquiera por la calle no me provoca ningún sentimiento. Todo lo contrario, la sensación que tuve el día después de venderlo, fue la de haberme quitado un peso de encima, me sentía liviano, “el auto te da libertad” dicen por ahí, tras librarme del mío yo me sentía liberado de un sinnúmero de preocupaciones que acarrea ser el propietario de un vehículo. No más estacionamientos, multas, seguros, patentes, estaciones de servicio y, sobre todo, ¡no más visitas al mecánico! Al menos por un tiempo (la burguesía impone sus condiciones y sé que tarde o temprano tendré que adquirir otro rodado).

Tuesday, November 28, 2006

Fluxus

Ma’ si, yo me llevo el auto”, pensé el jueves 16 de noviembre pasadas las tres de la tarde después de que mi tía me informara que había decidido aumentarme 200 pesos el alquiler del departamento como regalo en las vísperas del año nuevo. Era un riesgo. Había perdido la mañana completa en procesión por todos los locales de la calle Warnes para encontrarle un limpiaparabrisas a mi exclusivísimo modelo rumano símil Renault 12, pero aparentemente algunas piezas del Dacia son casi inhallables, incluso en los vetustos desarmaderos de Bucarest. El cielo gris contenía la promesa de una lluvia en ciernes, pero estimé que si volvía temprano y contaba con una dosis de suerte podría eludir la tormenta. Me trasladé a mi bar preferido y tuve un encuentro fortuito con mi amigo Pablo M. Pedí un café y me puse a hojear el diario. La página de cultura mencionaba la inauguración de la muestra Fluxus en el Malba. Se trataba de un movimiento fundado por el artista–empresario lituano George Maciunas al que habían adherido algunos de los más importantes artistas de vanguardia de la segunda mitad del siglo XX como John Cage o Nam June Paik. “Ah, es hoy a las 7 de la tarde”, dijo pablo cuando advirtió lo que estaba leyendo “¿Querés ir” y acto seguido sacó la tarjeta de cartón que legitimaba su promesa. “La verdad es que tengo un montón de cosas que hacer, de modo que vamos, así las postergo todas”, dije y nos dedicamos a hacer tiempo hasta la hora de partir.

Llegamos un poco tarde a la inauguración. Ya entonces amorfas mareas humanas se arremolinaban en torno a los centros surtidores de vino en el hall del Malba: ese templo del arte cool con el que un financista especulador devuelve a la sociedad una ínfima parte de sus usufructos descontados de los impuestos a las ganancias. De inmediato nos dirigimos a la escalera mecánica para ascender al cielo del arte, pero la cinta transportadora al aura de la creación nos fue denegada “No pueden pasar” dijo un cuarentón con anteojos de marco grueso y frustrada carrera de curador de muestras que debía contentarse con la bajeza burocrática del derecho de admisión. Nos miramos los zapatos, nos olimos el chivo, nos acomodamos los anteojos. Hasta que dimos con la clave ¡No habíamos tomado nuestra copa de vino! ¡Cómo nos iba a interesar la muestra si no teníamos una copa de vino en la mano! Pablo se aferró a la copa y se dispuso a subir “No, con la copa no se puede”, le dijo una chica sentada junto al cuarentón. Mientras tanto veíamos pasar a todos los presentes ¿Cuál era al problema? Finalmente alguien nos explicó: el encuentro con el Arte suponía un despojamiento total. Fuera copas y al guardarropas nuestros bolsos y mochilas.Casi desnudos ascendimos finalmente al parnaso de la vanguardia. Recién salidos de la escalera nos recibió un piano montado por changuitos de supermercado y una pirámide de valijas viejas sobre el techo, frasco de vidrio que contenía un repasador y auricular de teléfono sobre el teclado, grabación inaudible y un foco de 500 watts que se prendía intempestivamente y te cegaba al instante. “Guau, cuanto esfuerzo para no decir nada” dijo Pablo, “callate, neoclásico”, a ver si te oyen los vernisageros y nos hacen echar”, lo reprendí. Entramos a la sala. Marta Minujin le repartía su catálogo a unos curadores alemanes y la camisa azul fluo de Rogelio Polessello no le iba en zaga a su obra. Recorrimos la muestra: fotos de una mina en bolas inmovilizada con grilletes de hormigón armado, papelitos agujereados, cartoncitos agujereados, la cruz de televisores de Nam June Paik “el video arte es lo opuesto de la televisión –deslizó Pablo ante esta obra- está hecho para que no lo puedas mirar fijo más de 5 segundos seguidos”. De la video-cruz emergía un cable que conducía a un sapo que miraba un programa de sapos.

Nam June Paik I believe in reincarnation. I want to be a frog in my new life, 1993
[Creo en la reencarnación. Quiero se una rana en mi nueva vida.]
Instalación de 3 partes: 14 monitores de video con tela impresa, rana de plástico y monitor de video, rótulo.
[Instalation in 3 parts: 14 monitors with painted cloth, plastic frog and monitor, signboard]

Seguimos caminando, alguien le puso un marco a una cáscara podrida de banana, otro hizo un conejo con caca de conejo, otro demostró que dentro de una maleta cabe todo el cielo y un calzón. Pronto advertimos qué nos diferenciaba a nosotros, torpes mortales, de los artistas. Mientras nosotros tiramos la pasta de dientes después de usarla, ellos la firman, la enmarcan y la venden por 2 millones de dólares. La obra de Cage estaba representada por la Caja Mozart y un cubo blanco del que emergían 6 pares de auriculares para escuchar su obra. Uno de los auriculares se había roto y nadie se daba cuenta porque pensaban que habían llegado tarde a la sinfonía de una sola nota. Takako Saito exponía un ajedrez para ratones, un ajedrez con tablero en varios planos, un ajedrez con ojos de vidrio, un ajedrez con todas las piezas idénticas. Enjoy yoursefl [Diviértanse] proponía el mismo Saito con dos paneles imantados donde el público podía disponer a voluntad el orden de las piezas metálicas. ¿El chiste? Algunas piezas bastante pesadas no se adherían y caían al piso arrastrando otras piezas con un sonoro estruendo que sacaba de quicio a los guardias de seguridad. Hasta Martita Minujin cayó en la trampa y por la cara que puso no le hizo ninguna gracia. A lado mío una chica le propuso a su grupo de amigas ¿Vamos para la instalación del Correo Central? Yo las llevo con mi auto. “¿Y después?” interrogó una de ellas “Después vuelvo para Palermo” “Ah, entonces vamos”. Pablo bajó al baño y volvió con la noticia de que estaban repartiendo comida, argumento de peso para emprender el descenso al llano prosaico de los calentitos.”Para mi el arte tiene que implicar algún esfuerzo”, dijo Pablo con gesto de disgusto mientras nos delizábamos por las escaleras mecánicas “Y bajar por las escaleras también”, repuse y lancé unas zancadas para adelantarme a los bocaditos. Pero me di de trompa contra el infranqueable muro del VIP delimitado en el coqueto bistró del miusium tras unas cintas iguales a las que construyen zigzagueantes laberintos para compactar las colas ante las ventanillas de los bancos. Se trataba de un auténtico corral de relacionistas públicos en su paraíso privado de sabrosos pinchos saltados al wok. Los pobres anónimos sólo teníamos el vino, qué remedio. Tomamos una copa. Otra. Otra más. Fui al baño y después de hacer pis en un mingitorio no duchampiano me detuve a observar la escena. Un empleado de limpieza le sacaba brillo al espejo con una franela, su trapo rejilla descansaba sobre el borde del mármol. El hombre aplicaba el líquido de limpieza con un vaporizador y se entregaba a la tarea abandonándose al rítmico afán de su brazo. De pronto me descubrí hipnotizado ante la acción de sus músculos, su impecable mameluco Grafa, su esmero desmedido e inútil para hacer brillar el espejo que reflejaba en todo su esplendor nuestro patético glamour sofisticado.¡Qué Gran Obra!

El espejo de nuestras miserias, Palermo Chico, 2006
Mirrow of our misery
Instalación: Baño inmaculado de Museo cool, personal de maestranza oriundo de Gran Bourg, vaporizador de líquido limpia-cristales, trapo rejilla.
[Instalation: Cool museum’s witheness public bathroom, Gran Bourgian’s clean employee, shine-glass spray, clean rag.

Salí del baño. El vino corría en procelosas mareas negras. Insistí, ya algo entonado, en mi vindicación del arte de vanguardia hasta que Pablo, exasperado, resolvió la disputa en una sola cita de Russeau con la que dio cuenta de todo el arte moderno: “De pronto alguien vino, hizo un amplio gesto con el brazo y dijo “esta tierra es mía”. Y todos le creyeron”. Dimos unas vueltas, todo era tan arty, tan artificial. Otra copa de vino, sí gracias, una más, sí, esa también, ah, bueno, no me puedo negar, hasta que creímos dar con la clave, el auténtico sentido de Fluxus, la idea genial de Maciunas: el lituano convocó a sus artistas con un propósito secreto: ellos dieron cuenta de sus obras en cinco minutos y después siguieron viendo la novela de la tarde, no hacía falta más porque la obra era una excusa, un pretexto, una carnada secreta. Desde 1962 Maciunas filma a escondidas cada presentación de la Fluxus, conforme avanza la tecnología cambia de registro: 35 mm, 8mm, VHS, Betacam, Digital, eso es lo de menos. Instala cámaras ocultas y graba a toda esa gente dando vueltas en los círculos vacíos de sus copas llenas. Brindando al son del chin chin por el pálido final de raza humana. Esas filmaciones son la obra de Fluxus, todos los años los artistas que aún viven se juntan con Maciunas o sus herederos a ver las cintas y se cagan de risa y graban sus propias carcajadas de artistas en un cassette TDK D 60 y ahí, en la larga risa de todos estos años se concentra la obra de Fluxus.Contentos por haber resuelto el enigma, abandonamos el Malba justo para recibir las primeras gotitas, pronto gotas, ya gotones que precedían el aguacero. Me despedí de Pablo y corrí desesperado hacia el auto, menos preocupado por empaparme que por tener que conducir prescindiendo del limpiaparabrisas izquierdo. Al llegar al estacionamiento me atacó una Duda ¿Mi Dacia no será una instalación?

El Dacia, Buenos Aires, 2006
[The Dacia]
Instalación: Réplica rumana del Renault 12, motor 1.6 litros, detalles de chapa y pintura, pérdida de aceite, fallas en la ventilación, tapizados rotos, paragolpes delantero torcido, olor a combustión.
[Instalation: Renault 12’s fake rumanian car. 1.6 liter engine, iron and paint details, oil loss, ventilation failure, scratch tapestry, bent front fender, smells like combustion.

Manejé dos cuadras y estalló la tormenta. Accioné mi limpiaparabrisas tuerto pero lo único que logré fue lanzar más agua sobre el lado del conductor. Desesperado, hurgué en mis bolsillos y extraje unos bollos de carilina moqueados, desajusté el cinturón de seguridad, asomé el brazo por la ventanilla y me apliqué a despejar el agua del parabrisas cada vez que me detenía el semáforo. La lluvia arreciaba y mientras manejaba no había más remedio que guiarse por el reflejo rojizo de las ópticas traseras de los otros autos. Las gotas plasmaban un droping transparente y efímero sobre el vidrio como si mi auto fuera una tela y Dios Jackson Pollock. Sin embargo empecé a constatar que cuanto más llovía, más nítida se tornaba la visibilidad. El agua que caía con renovado ímpetu borraba a la que había caído antes y lavaba el vidrio, dejando la superficie limpia, casi translúcida. De pronto comprobé que el limpiaparabrisas era obsoleto, sólo parecía imprescindible porque al barrer el agua preparaba el escenario para que las nuevas gotas obstaculizaran la visión en lugar de facilitarla. El limpiaparabrisas pensé entonces, es como capitalismo, que reactualiza a cada paso su inútil necesidad. Casi por costumbre, seguí limpiando con la carilina en las pausas del semáforo. En la esquina de Coronel Díaz y Juncal un chico que viajaba en la family van de su padre advirtió mi maniobra y me miró intrigado. Para que no me tomara por loco, metí la mano debajo del asiento, aferré el brazo roto del limpiaparabrisas, lo saqué por la ventana y lo esgrimí como si fuera una lanza ranquel con gesto de “qué va a ser". El nene se empezó a cagar de la risa y a zarandear a su padre para contarle lo que acababa de ver.

Niño rico feliz, Palermo, 2006
[Happy rich child]
Instalación: Triste niño rico, padre ausente, Camioneta Izuzu Galloper, esquina de Coronel Díaz y Juncal. Noche de lluvia. Dacia, conductor borracho, brazo de limpiaparabrisas.
Instalation : Sad rich child, ausent father, Izuzu Galloper, Coronel Diaz and Juncal corner, rainstorming night, Dacia car, drunk driver.

El resto del viaje transcurrió sin problemas. Llegué a mi casa sano y salvo y con la certeza de haber derribado el mito del limpiaparabrisas mientras las gotas seguían cayendo con un repique idéntico al entrechocar de las copas en el vermisagge. Ya no tenía dudas: El mundo entero es la instalación de un demiurgo mediocre que milita en las segundas filas de la vanguardia cósmica. La civilización humana es una obra de arte. Una expresión de arte efímero.
Clic.

Zedi Cioso, 19 de noviembre.

Friday, November 10, 2006

Diario de la nada

Y hoy tampoco puedo escribir. La radio tonta aturde la somnolencia de bar. Abro el libro, leo. Levanto la vista: los parroquianos mueven las manos en el gesto nervioso del “prohibido fumar”. Pienso en el autor del libro “podría imitarlo” “escribir como él”. Sería posible. Claro que él es el mejor “en lo suyo”. Tal vez yo, pienso, podría tratar de ser el mejor “en lo mío”. ¿Pero cómo es “lo mío”? Peor: ¿Existirá “lo mío”?
El espejo de la pared está condenado a devolverme mi imagen triste por toda la eternidad.

Correcciones
Noche por medio me convierto en un asteroide que gasta su órbita alrededor del Parque Centenario. Así me deben ver los “amigos de la astronomía” que ocultan el falo eréctil de su telescopio tras un horno de barro blanqueado a la cal. Circunvalo este parque sucio en uno de cuyos extremos las viejas alimentan a gatos que son exterminados en el extremo opuesto, en el nazífero Instituto Pasteur. Corro alrededor del hospital Marie Curie, que homenajea a la dama que descubrió la radiación y el cáncer por radiación y paso frente al Museo de Ciencias Naturales que entre sus sobrerrelieves de flora y fauna autóctona incluye una tribu de aborígenes. Controlo la respiración y balanceo los brazos, atravieso la feria de libros: un sendero estrecho con el olor húmedo de un ropero antiguo donde los puesteros se adormecen mientras acomodan viejos volúmenes o se demoran en remotas partidas de ajedrez. Jamás los veo leer un libro ¿Habrán llegado al punto de aborrecer la mercancía que expenden? Mientras corro imagino frases, cosas que nunca voy a escribir. Mientras corro pienso que escribo que corro. La carrera tiene una duración precisa: 30 minutos. Transcurrido ese lapso los gemelos ceden al dolor provocado por las zapatillas de mala calidad. Entonces desacelero mi marcha, suelto el aire remanente en los pulmones, muevo los brazos aparatosamente: me aplico a la mimesis atlética. Estiro los músculos de las piernas.
Vuelvo a mi casa caminando por las calles interiores. Evitando los pasajes que me recuerden el fragmento de un sueño olvidado.

Zedi Cioso

Tuesday, October 17, 2006

Los lugares y los libros

Leímos innumerables libros en infinidad de lugares, pero por una u otra razón a cada lugar le corresponde un título, un libro que permanecerá para siempre allí en un inextricable anclaje sentimental.

Trazar esta topografía emotiva no requiere un gran esfuerzo: se la puede evocar con sólo pensar en el libro, y a su alrededor pronto tendremos la reconstrucción imaginaria de su escenario de lectura. Claro está, no es que leamos los libros de un tirón y siempre en el mismo sitio, nos gusta llevarlos en nuestras mochilas, en las carteras, en los bolsos e incluso en la mano o bajo el sobaco como lejanos remedos del viejo escudo que oponemos a los embates del tedio. Mientras los leemos, sometemos a nuestros libros a un turismo forzoso, y a veces les hacemos conocer los lugares más inverosímiles, donde ellos, abúlicos en su somnolencia de anaquel, jamás soñaron estar. Pero nunca falta ese instante de satori bibliográfico, de comunión astral en que el libro, el lugar y nosotros nos convertimos en la misma cosa, entonces nos desdoblamos y nos tomamos una foto ¡clic! y ese lugar ya pertenece a ese libro para siempre.

También a veces sucede que damos con el lugar, y es el libro el que se nos viene a la cabeza, recobramos esa foto ajada de la memoria y nos vemos sentados a la mesa de ese bar, apoltronados en ese sillón, leyendo de parados en esa esquina, cubriéndonos la cabeza o protegiendo el libro con nuestro cuerpo bajo aquella lluvia.

Tal vez a veces nos sucede, en el placer de la relectura, que un pasaje nos transporta a ese lugar y ese tiempo y entonces no vemos la foto amarillenta, sino que la revivimos tal como fue, como si masticáramos proustianamente una magdalena intelectual.

Si me pidieran que trazara esta cartografía personal, este mapa que sólo uno puede recorrer sin perderse, diría que la mañana de un bar en Honduras y Soler pertenece al Ulises, que la luz de marzo en Praia do Rosa es, paradójicamente una Luz de agosto, que en el desaparecido bar El Astillero de la calle Ramos Mejía todavía soy feliz con el final de La liebre, que en mitad del día en el jardín de mi casa emprendo un Viaje al fin de la noche, que una Causa justa me hace reír solo a carcajadas en la noche de Estación Carranza, que en un Burger de Cabildo se levanta el polvo que evoca la sombra terrible del Facundo, que en una pileta cálida y húmeda en pleno invierno descansa el infierno de Bajo el volcán.

Wednesday, October 04, 2006

Un sueño realizado

Permítanme narrarles una anécdota. Sobre fines del siglo pasado un viejo amigo mío se empleó como vendedor en una afamada cadena de librerías. Su legajo era intachable: ni una queja de los clientes, nunca una contestación a un superior, ninguna llegada tarde, aunque esto, me consta, implicara dormir una o dos horas y pasar todo el domingo de pie, indicando a viejas emperifolladas el emplazamiento del sector “autoayuda”, muy en boga por esos años. Una vez, incluso, su afán por conservar el presentismo hizo que pusiera en riesgo su integridad física, cuando se descubrió encerrado en su propia casa y, con tal de no ausentarse, se arrojó desde el balcón del primer piso a la vereda, con poco más que su valor y unos ajados zapatos de tacón gastado. Su inmaculada foja de servicios bien pronto le hubiera valido el codiciado ascenso, pero mi amigo no aceptaba convertirse en “encargado” porque esto implicaba aumentar las horas de trabajo de 6 a 8, lo que interferiría con sus estudios. Sin embargo, con el correr de los años y tras negarse de todas las formas posibles, acabaron nombrándolo encargado con turno de 6 horas y le asignaron una sucursal decadente en la estación desierta de un lujoso tren menemista que no llevaba a ninguna parte. Tal vez como correlato de este “éxito” profesional, mi amigo dejó de lado cierta angustia existencial en la que gustaba regodearse y se inclinó por corrientes del pensamiento más afines a la lógica académica. El premio a su giro pragmático fue la inminente posibilidad de obtener una beca, ergo, canjear la explotación capitalista por el estímulo estatal. Entonces, a sabiendas de que sus días de empleado estaban contados, mi amigo “abrió los ojos” y descubrió que estaba rodeado de libros. Primero fue un libro que se llevó en préstamo (política que avalaba la empresa para fomentar la cultura de su personal) y lo perdió en un anaquel, o lo demoró en el baño, no lo recuerdo, pero el hecho fue que no lo devolvió. Y descubrió que no le importaba, más aún, descubrió que lo disfrutaba. El segundo libro ya no lo pidió prestado: se lo guardó en la mochila al fin de su jornada laboral y ¡magia! Pasó a descansar en los estantes de su biblioteca. Al cabo de unos meses (la beca se demoraba un poco más de lo previsto) ya tenía resuelto el regalo de cumpleaños de todos sus amigos, a quienes premiaba con libros caros y excéntricos: una biografía importada de Wittgenstein, un volumen casi agotado de Benjamin, un enorme libro ilustrado de Van Gogh para su madre Y, sobre todo, se premiaba a sí mismo: instituía la “semana Proust” y al cabo de siete días encontraba en sus estantes el tan buscado tiempo perdido. Incluso llegó a revisar el catálogo y solicitar a otras sucursales libros que faltaban en la suya ¡para sustraerlos! Su codicia no tenía límites, su generosidad, tampoco. Enterados de su don justiciero todos sus amigos comenzaron a pedirle títulos que no alcanzaban o directamente no querían pagar. Pero, inesperadamente, la beca le fue asignada. La renuncia era inminente y mi amigo planeó entonces un golpe maestro. Y lo planeó conmigo.
Como ya dejé en claro, mi amigo había tenido hasta su descarrilamiento una conducta impoluta, un aura de honradez calvinista lo recubría de punta a punta. Era, para sus superiores, merecedor de un cuadro con la leyenda “empleado del mes, del año, de la década”. En virtud de la confianza que sobre él depositaban le habían entregado las llaves de la sucursal, para que él abriera puntualmente sus puertas a las 9 am. La noche anterior al golpe fui a su casa y pedimos empanadas. Sin vino, necesitábamos tener la cabeza fresca para pensar cada detalle: la planificación es la base del éxito. Después de comer mi amigo sacó una hoja en blanco y escribimos una lista. No pasa un día, lo juro, sin que rehaga esa lista, agregando unos nombres y quitando otros. Pero hubo y habrá una sola lista, la de esa noche. Después nos fuimos a dormir temprano. Al día siguiente, el día del golpe, madrugamos y tomamos un buen desayuno: necesitábamos de todas nuestras energías. No vimos a nadie en la estación fantasma cuando llegamos a las 8 de la mañana, excepto un borracho que dormía sobre un banco de madera. Mi amigo abrió la puerta del local, desactivó la alarma y entramos. Pero se cuidó de prender las luces y levantar la persiana, para que pareciera cerrada por fuera. Actuamos rápido, según lo acordado. Yo le dictaba los nombres y él, que podía recorrer la librería con los ojos cerrados, buscaba los títulos, desactivaba la alarma y me los daba para que yo los guardara en una mochila que jamás será lo suficientemente grande. Cuando acabamos la lista y colmamos la capacidad de la mochila dimos por finalizada la faena. Sabíamos que la codicia pierde a los más eximios delincuentes. Salimos de la librería a las 8:30, sin despertar las sospechas de nadie, y con tiempo para ir a tomarnos un capuchino, mientras la mochila a mis espaldas me pesaba con inusitado placer. ¿Qué queda de aquel botín? A vuelo de pájaro en mi biblioteca puedo reconocer unos relatos completos de Faulkner, unas ciudades invisibles de Calvino, unos subterráneos de Kerouac y La literatura nazi en América, el primer libro de Bolaño que leí. Tras bebernos nuestros capuchinos en las narices del empleado de seguridad que recorría con paso aburrido el patio de comidas, nos fuimos cada uno por su lado, mi amigo a abrir “oficialmente” la librería, y yo a mi casa, a deleitarme con el tesoro, como el pirata que arroja al aire las monedas de oro que extrae del cofre. Estaba tan contento que decidí caminar un poco y volver en tren, un tren de Zona Norte con puertas automáticas, aire acondicionado y música funcional. Apenas me senté comenzó a llover: las gotitas derrapaban por el vidrio de la ventana y le daban un tono impresionista al paisaje. En los parlantes se escuchaba una canción. Creí reconocer la melodía, así que le presté atención y, sí, en efecto, la conocía: era Spinetta cantando “Los libros de la buena memoria”.

Crónica Roja

Convocados por un pedido de ayuda insoslayable, mi amigo Matías Pailos y yo fuimos a donar sangre al sanatorio Mater Dei. Nos encontramos somnolientos en la mañana chic de Palermo Chico, a las puertas de la clínica Mater Dei. El reloj señalaba las 8:30, y eso que apuntábamos al último turno ¿Por qué esa manía madrugadora de los análisis clínicos? ¿Acaso los responsables de los laboratorios no conciben la idea de que haya gente que se acueste pasadas las 2 y se despierte después de las 9? En fin, siguiendo las minimalistas indicaciones de la mesa de informes (“a mitad del pasillo a la derecha”) dimos, casi por milagro, con el lugar, que como todo laboratorio que se precie, se ubicaba en el lúgubre 1er subsuelo. Tras informar a la secretaria de nuestras rojas intenciones, recibimos los respectivos formularios en ventanilla y nos retiramos para completarlos. El cuestionario, “confeccionado de acuerdo a normas internacionales” tal como se preocupaba en aclarar, advertía que no era posible donar sangre “si se habían mantenido relaciones homosexuales durante los últimos 12 meses” (sic), o si se habían aplicado aros o tatuajes durante el mismo plazo. Por suerte el pecado de pensamiento no estaba penado, de modo que ambos firmamos con el pecho henchido por ajustarnos punto a punto al modelo de higiene médica. Entregamos los formularios en ventanilla y nos sometimos a esa incómoda espera de extracción sanguínea, que siempre relacioné con la llamada para rendir finales: parte de uno quiere que lo convoquen de inmediato y afrontar el sufrimiento lo antes posible; otra parte, en cambio, prefiere demorar el encuentro con la aguja o la mesa examinadora, aunque esto implique una tensa guerra de nervios. Al rato la secretaria pronunció nuestros nombres y no pude evitar que un frío me recorriera el espinazo. Nos hicieron pasar del otro lado, y nos condujeron a una oficina en las siniestras entrañas del laboratorio. En el diminuto gabinete una enfermera me extendió un algodón con alcohol. De inmediato procedí a arremangarme la camisa ¡Acá está la sangre argentina, carajo! “Pará, pará –me detuvo la enfermera- es para que te lo pases por el dedo índice”. Acto seguido me tomó la mano y me pinchó el dedo para extraer una roja muestra en miniatura que mezcló con unos reactivos para comprobar que no sufriera de anemia. Sentí un ligero vahído tras el pinchazo, “Creo que me tiró, yo me bajo del torneo”, le dije a Matías mientras esperábamos en un pasillo los resultados del mini-estudio. Pero Matías apenas si se rió con risita de “demasiado-tarde-para-echarse-atrás”. Al rato volvimos a la oficina y nos tomaron la presión arterial y la temperatura: la extracción se demoraba en infinidad de trámites como si se tratara de una función de gala. Cuando ya parecía casi todo listo la enfermera extendió sobre la mesa el formulario que habíamos llenado al llegar. De pronto dio vuelta la hoja y exhibió su reverso. “¿Qué, continuaba del otro lado?” preguntamos con Pailos mientras la enfermera agradecía que la estupidez no se trasmitiera en sangre. Completamos el faltante, firmamos una intimidante bolsa plástica con capacidad para medio kilo de papas y procedimos a lavarnos los antebrazos con agua y Pervinox, como si fuéramos George Clooney en ER emergencias. Después sí, finalmente se abrieron las puertas y pasamos a la sala roja de extracción. En verdad yo entré primero porque sólo había libre uno de los tres lugares. En un extremo uno de los donantes le preguntó a la enfermera cuanto demoraba el asunto “Entre 5 a 10 minutos” respondió como si nada la mujer; yo tragué saliva y me dejé conducir mientras la enfermera me acomodaba en un sillón totalmente reclinable, un auténtico 5 estrellas de la extracción sanguínea, no como esos fraudes de los buses ejecutivos. Me acosté de cara al techo mientras la enfermera me buscaba la vena del brazo derecho “Mirá para otro lado” ordenó, y yo, obediente, dirigí la vista a los dos tubos fluorescentes del techo. La diestra enfermera conectó la sonda sin un asomo de dolor “ya pasó lo peor –dijo- ahora abrí y cerrá el puño hasta que yo te diga, ¡Y no mires!”. En el televisor que colgaba del soporte estaba puesto canal 9, lo cual podía ser más impresionante que la sonda misma, así que me concentré en los tubos fluorescentes, dos rieles de luz en la autopista al país rojo carmesí, a una tarde roja de Sonora, Arizona o Colorado. En eso estaba cuando hizo su ingreso Matías. La enfermera lo sometió al mismo procedimiento con la única diferencia que él, cuando le dijeron que no mire, por puro afán opositor, miró. El huacho, el muy machito, miró, “ahora mirás y después –pensé con saña- ya vas a ver”. Y ahí estábamos Matías y yo como dos vacas de roja leche, dos jóvenes sanos en la flor de la edad, dos excelentes envases de cinco litros de sangre que corre procelosa por los innumerables senderos orgánicos. Sangre que, según nos informaba el folleto, “será separada en glóbulos rojos, plasma, plaquetas y crioprecipitados y utilizada en beneficio de varios pacientes”. ¿A quién beneficiará mi sangre o alguno de sus componentes? ¿Sentirá el transfundido el irrefrenable impulso de escribir algo, como el pianista que se volvía estrangulador al recibir Las Manos de Orlac en el film homónimo? “¿Todo bien?”, me sacó de mis cavilaciones la enfermera. “Sí –repusé- me siento en un cuadro de Frida Kahlo”. Lo raro no es que la enfermera no entendiera el chiste, sino que ni Matías se riera, ¿acaso se le iba en sangre el sentido del humor? No importaba, yo abría y cerraba el puño con aplicación mecánica. Había un ruido clic, chac, clic, chac, como de metrónomo rojo a borbotones, como de motor a sangre, pero no puedo precisarlo porque yo ¡Perdón lectores! yo no podía mirar. Al final se oyó un chirrido agudo y la enfermera se aprontó y me informó que ya había terminado. Miré el reloj: le había puesto cinco minutos, “buen tiempo” le dije a la enfermera, que apenas me dirigió una mirada misericorde. Las nuevas instrucciones consistían en levantar el brazo y seguir acostado. Matías, meta mirar, concluyó al rato, creo que en seis minutos. La enfermera me invitó a incorporarme lentamente y constató “¿Te sentís bien?” “Sí, perfecto” contesté, salvo que me sudaba frío todo el cuerpo y lo que veía estaba lleno de puntitos como una película vencida con demasiado grano en la imagen. “Señorita enfermera, ¿Puedo volver a acostarme?”, fue lo último que dije antes de quedar tirado en el sillón, hasta que otra asistente se apiadó de mi blanca palidez y me ofreció un vaso de agua. Mientras tanto, Matías hizo cinco pasos aeróbicos, se cargó una mochila de quince kilos y se retiró a tomar el desayuno haciendo saltitos de Dánica Dorada. Al rato volví en mí y logré con sumo esfuerzo ponerme de pie. La enfermera me despidió aconsejándome que, ante cualquier síntoma de malestar, me acostara en el suelo. Llegué al bar del subsuelo donde Matías ya estaba dando cuenta del nutritivo desayuno. Pronto recibí el mío, premiada mi noble acción con suculentas medialunas, y nos enfrascamos con Pailos en la discusión de temas “maduros”. Es que ya nos habíamos convertido en hombres grandes, hombres que dan su sangre. Salimos de la clínica, agotados y reconfortados a la vez, y nos despedimos, rojos bajo el cielo celeste, con promesa de fútbol el domingo. ¿Cuántos otros ritos de pasaje nos quedarán por afrontar? Ignoro cuáles son, ni donde nos aguardan esas pruebas homéricas. Sólo espero que, como hoy, nos encuentren juntos: lado a lado, sangre con sangre.

Presentación de Mondadori: Un cacho de cooltura

Cuando una amiga nos propuso a Pailos y a mi asistir a la fiesta por el lanzamiento de la editorial Mondadori en Argentina, aceptamos sin pensárnoslo dos veces. Al fin podríamos codearnos con la crema y nata del mundillo literario en una velada a la medida de nuestras aspiraciones. Que el lugar elegido para tamaña celebración fuera el Niceto Club, en los lindes del sofisticado barrio de Palermo, ya aseguraba la mínima cuota de glamour que un evento de estas características reclama. Lástima que al llegar, en lugar de una alfombra roja para el desfile de las stars de la literatura vernácula nos topamos con una obra de reparación de caños maestros del desagüe que la flamante empresa estatal de aguas había montado con total falta de timming sobre la calle Niceto Vega. No nos cansamos de decirlo: en este país el Estado nunca apoya a la cultura. El valet parking también dejó mucho que desear: un morocho grandote me exigió $3 de buenas a primeras como derecho de estacionamiento. Tras fingir una búsqueda infructuosa en mi abultada billetera le entregué dos monedas de $1 y le dije que no tenía más. El insolente valet aceptó pero apenas dimos unos pasos murmuró a nuestras espaldas (fuerte, para asegurarse que lo escucháramos) “El viejo truco”.

Tras sortear con severo riesgo los bólidos de Niceto Vega y los caños inmundos (¿Un homenaje vedado a Diógenes el cínico tal vez?) logramos dar con la entrada del Niceto Club. Allí una multitud se agolpaba en un mar de nervios invocando listas fantasmales donde un nombre equivalía al derecho de ingreso. En la puerta sólo reconocimos a Daniel Guebel, que llevaba una bolsita de Yenny en una mano mientras con la otra sostenía a una nenita que a su vez portaba un ramo de flores. Quizá pensó que se trataba de un cumpleaños. La cola avanzó rápido y pronto llegamos a las puertas de este edén de neón. Y las puertas se abrieron para hacernos partícipes de todo su esplendor.

Costó más acostumbrar las pupilas a las penumbras que el paladar a las bebidas que escanciaban coquetas camareras. El lugar era un poco pequeño para la multitud que, puntual, ya se agolpaba. Con nuestras copas en la mano dimos una vuelta para reconocer el terreno entre un ejército de gente cool en plena pose de combate: hombro caído, pie de apoyo flojo, pierna delantera levemente flexionada, mano derecha a la cintura, mano izquierda sosteniendo la copa de champán. Las paredes estaban decoradas con tapas gigantes de los libros que lanzaba la editorial: Lunar Park de Breat Easton Ellis, Parménides de César Aira, Pasión de fondo de Alejandro Manara y Museo de la Revolución de Martín Kohan. En verdad, casi los mismos títulos, excepto el de Ellis, que habría editado Sudamericana, años atrás de no haber sido adquirida por Mondadori, a su vez poco antes fusionada con Random House, partícipes ambas del grupo Sony-BMG. Y para qué decir Sudamericana si podemos decir Mondadori: no podemos negar que el mercado, de a poco, tiende a la sinceridad.

Relajados por la música chill out que mezclaba sin superponer la sensibilidad de Nick Drake con la distorsión bajo control de Tortoise, tratamos de ubicar a las celebrities, pero parecían haberse confundido entre la multitud. Eso sí, identificamos muchos clones: el doble de Rodolfo Walsh, la doble de Alejandra Pizarnik, el doble de Martín Kohan, ah no, ese era el auténtico Martín Kohan, esforzándose por mantenerse serio y mostrarse lo suficiente como para justificar el espaldarazo de la editorial y poder volver urgente a concentrarse en asuntos más importantes al café La Orquídea. Al rato apareció Noé Jitrik, que avanzaba abriéndose paso entre sonrisas mientras pensaba “¡Si me vieran mis compañeros de Contorno!”. A Alejandro Manara, otra de las estrellas del lanzamiento, no lo conocíamos, pero nos lo señalaron: era un canoso con un saco de terciopelo y una camisa de colores estridentes que se pavoneaba de aquí para allá: ¡por fin había llegado su noche!

A pesar de tantas emociones pronto comprendimos cuál era el verdadero objetivo por el que valía la pena luchar: conseguir un plato de sushi. Parece que los organizadores de eventos han logrado recortar al máximo el presupuesto y hacer pasar la maniobra por un efecto distintivo de buen gusto. Las palabras mágicas son minimalismo, frugalidad. Nada de mozos con moñito atiborrando a los invitados con bandejas de canapés, calentitos y demás delicias gastronómicas, ¡Horror! La confusión podría hacer que la audiencia extática revoleara por los aires a Kohan como en un Bar Mitzvá, o alzara en sus sillas a Manara y Aira para que se besaran, apasionados, como en el mejor de los casamientos. De modo que el único alimento disponible era el insípido bocado nipón, que se dispensaba tras la barra donde agolpábase una multitud trabada en cruenta lucha.

Sin nada mejor que hacer, nos dirigimos a las inmediaciones de la barra y nos dispusimos a la empresa homérica de aviarnos nuestro propio plato de sushi. Recién ahí comprendimos la inteligencia superior de los organizadores: se trataba de una metáfora ilustrativa del campo cultural argentino: cientos de personas en pos de una migajas desabridas. Y como en el campo cultural, había que empujar y pegar codazos, tratar de conocer gente que nos permitiera avanzar y ubicar todos los espacios disponibles para que alguno de nosotros pudiera alcanzar el centro donde le sería entregado a modo de premio el apetecible, aunque escueto, bocado que él o ella compartiría con su grupo. Digamos que empezamos en el margen, como grupo de vanguardia con ínfulas, y de a poco nos fuimos acomodando. Media hora después yo llegaba a la barra, pero el sushi man tenía una obvia preferencia por chicas advenedizas de indiscretos escotes ¡Malditas arribistas! Tras varias quejas me fue prometido un plato pero justo entonces se iluminó un entrepiso donde se reproducía un living con biblioteca (si, claro, muy minimalista) y un VJ con su mejor sonrisa MTV leyó en voz alta por su micrófono inalámbrico: “Mondadori es un sello de calidad, que acompaña desde hace años las propuestas más interesantes y osadas de la literatura contemporánea”. Y acto seguido se largó con la parrafada egocéntrica y metaliteraria que inicia el libro de Easton Ellis. Mientras tanto, la pugna por el sushi seguía al rojo vivo, pero el barman anunció que se interrumpía “por respeto al autor”. La monocorde lectura del VJ terminó sin siquiera un conato de aplauso mientras las huestes del sushi clamaban por la reanudación del suministro.

Tras lograr mi trofeo y al tiempo que alzaba orgulloso con finos palillos de madera los California rolls, los Niguiri y los Sashimi, el VJ y una bonita actriz se alternaban para leer sin prisa ni gracia los comienzos de cada uno de los libros presentados ante la indiferencia olímpica del auditorio. Cuando terminaron dudaron incluso en aplaudirse ellos mismos y terminaron sacudiendo los libros como si quisieran resucitar mariposas gigantes en peligro de extinción. Pensamos que esto era todo, pero de pronto oímos una voz familiar por los parlantes
_¿Este no es Cortázar?, preguntó Matías y, en efecto, pronto distinguimos con claridad la voz del autor de Rayuela. “Bebe, bebe, be-be, Roca-madour, bebe Rocamadour” en medio de un scratch, alzamos la cabeza y vimos que ahora el living minimalista era ocupado por un DJ junto a un bajista y un saxofonista que se empeñaban en remixar a Cortázar y el optimista de Pedro Mairal hasta ensayó unos pasos de baile. Semejante retahíla de emociones eran demasiado para nuestro endeble sistema nervioso, por lo que le dijimos adiós y le deseamos lo mejor a este nuevo sello. Camino a la salida casi nos llevamos por delante a Damián Tabarovsky, que andaba de aquí para allá cual oso enjaulado y Matías se alzó con los laudos al descubrir a Luis Chitarroni riendo entre amigos. ¿Y Aira? Todavía no había dado señales de vida. Se rumoreaba que saldría de una bola gigante de espejos que bajaría del techo con la música de “Zarathustra”. Otras versiones afirmaban que aparecería en el living minimalista, devenido balcón rosado, disfrazado de Evita para arrojar calentitos y sándwiches de miga a la famélica audiencia. Como no nos quedamos hasta el final, no podemos dar fe a ninguna de estas versiones.

A la salida nos obsequiaron con un libro y todos nos llevamos nuestro ejemplar de Parménides, la última de César Aira. Unas chicas pedían el de Easton Ellis, que vive en New York y es el mas chic, pero ya no quedaba. En trance de elegir optaron por el de Aira, que era finito y les entraba justo en la cartera.

En busca del boleto dorado

Cuando tenía 8 o 9 años me enganché un sábado a la tarde con una película que daban en canal 7. En ese momento yo no podría haber advertido que se trataba de una película “infantil” porque para un chico todas las películas son infantiles y el único parámetro que cuenta es si son aburridas o divertidas. Pues bien, esta más que divertida era hipnótica, estaba re-buena. La idea era tan simple como efectiva: el mejor fabricante de chocolates del mundo abriría su fábrica super-secreta para que la visiten cinco afortunados. La única forma de ganar este privilegio era encontrar un boleto dorado dentro de los envoltorios de sus afamadas tabletas de chocolate. Para qué decir que en ese momento sentí el impulso de salir corriendo hasta el kiosco de la esquina en el primer corte comercial y pedirle una barra al kioskero a ver si me favorecía la suerte. Pero en lugar de eso me quedé atornillado al sillón y me sentí partícipe de cada hallazgo fortuito, aunque los privilegiados resultaran una selección de chicos desobedientes y malcriados que dejaban mucho que desear, excepto por uno, que, tras varios intentos fallidos, lograba dar con el boleto dorado. La emoción iba creciendo y ya estaban todos a las puertas de la fábrica, a punto de ingresar. Entonces surgió un villano no previsto por los productores del film: mi mamá vino y me dijo que me pusiera la campera porque nos teníamos que ir. Ante el trágico imprevisto ensayé una protesta de implacable lógica “Mamá, ¡Estoy viendo una película!” a lo que mi venerada madre repuso “La van a volver a dar en cualquier momento, vamos”. No pasó un día desde entonces sin que yo esperara ese “momento” que sin embargo nunca llegaba. Desconocía el nombre de la película y los actores que la protagonizaban y creía que estaba filmada en blanco y negro porque en ese tiempo en casa no contábamos con el lujo de la TV color. Con el tiempo llegué incluso a dudar de la existencia misma del film y me preguntaba si no habría soñado toda la escena que a la postre habría tomado por real.
La película era “Willy Wonka y la fábrica de Chocolate”, pero esto recién lo supe el año pasado cuando la versión de Tim Burton vino a poner algo de orden en mis confusos recuerdos, ahí tuve oportunidad de narrar el trauma a mis amigos (y a mi madre, obviamente, a quien no pierdo la oportunidad de recordarle la triste frase que ella, claro, ha olvidado por completo). Uno de esos amigos me invitó a su casa hace pocas semanas y me pidió que me sentara en el sillón. Pulsó play en el control remoto de su DVD y de pronto sucedió: la fabrica de chocolate, la auténtica fábrica que las ruinas del recuerdo apenas podían sostener se materializó ante mis ojos. Sentí ganas de correr, de saltar, de gritar y llorar de alegría, pero me comporté acorde a mi rol de adulto y apenas ensayé un cálido agradecimiento. De todos modos no podía dejar de pensar que aquel “momento”, ese momento cualquiera había llegado. Ahí estaban los niños originales, de los que sólo recordaba al chanchíneo gordito, y Gene Wilder como el original Willy Wonka. Habían pasado más de 20 años. 20 años ante las puertas clausuradas de la fábrica abriendo en vano envoltorios de chocolate. Pero ahora, al fin, había encontrado mi boleto dorado, ahora sí podía conocer por dentro la fábrica de Willy Wonka.
Tomé de la mano a aquel chico azorado que fui y entramos juntos.



Postfacio

La versión de Burton no sólo me permitió confirmar la existencia de la película original, sino también saber que estaba basada en una novela de Road Dahl, que se caracterizaba por presentar al mundo de los adultos como torpe, aburrido, egoísta y malévolo, oponiéndolo al divertido, ágil e imaginativo mundo infantil. Paradójicamente mi pequeña anécdota traumática encajaba a la perfección en esa batalla micropolítica que todos los niños entablan contra los adultos por preservar sus “derechos”, del avasallamiento al que, con la excusa de socializarlos, los someten los adultos.
Quizá sea esta la más triste de las batallas puesto que la traición (el paso al otro bando) está asegurada de antemano. La claudicación, en el más irreductible de los bastiones, es apenas cuestión de tiempo.

2 Formas de leer

Llega un momento en que uno comprende que la lectura se ha convertido en parte de su vida y, a menos que circunstancias catastróficas se lo impidan, no se imagina ni un solo día sin un libro en la mano que lo acompañe. Pero después de esta asaz feliz constatación llega otra harto más angustiante: ¿Qué leer? ¿Cómo leer?

Como fruto de mi humilde y pobre experiencia he conocido dos formas totalmente distintas de leer, o mejor dicho, dos lectores opuestos: el Lector Conquistador y el lector mercader.

El Lector Conquistador es metódico, ordenado, poderoso y avanza sobre los territorios a conquistar con implacable seguridad, sin reparar en los peligros de la empresa, las bajas de su tropa imperial o los ejércitos de reserva que incorpore el enemigo, se trate éste tanto de las literaturas germánicas medievales como el movimiento beatnik o la generación del 37’.

El lector mercader es curioso, inquieto, diletante y recorre geografías separadas por miles de kilómetros o de años (porque los desplazamientos del lector son tanto espaciales como temporales). Llega algo andrajoso a cada ciudad que visita, con unas monedas guardadas en su bolsillo interno al resguardo de los rufianes y las mercancías vetustas que recogió en sus viajes anteriores, ansioso de hacer negocios, de cerrar un buen trato.

La visión estratégica, el don de estadista del Lector Conquistador le permite abarcar el mapa completo de sus territorios que, ya bajo su égida, se ven obligados a entregarle sus productos más valiosos. Claro que todo conquistador tiene que vérselas a veces con su Afganistán, con su Vietnam. Territorios rocosos y escarpados, selvas húmedas y tupidas, donde obstinadas guerrillas se hacen fuertes e irreductibles. Algunos optan por llamarlos “Los Clásicos”.

El lector mercader busca su oportunidad. No es que ignore cuál es el bien más preciado, pero muchas veces no tiene el dinero suficiente para comprarlo (menos el poder de fuego para tomarlo por la fuerza) y vaga por el mercado y la plaza pública. Suele llevarse gangas y ofertas de ocasión que, a veces, en otras plazas, alcanzan precios exorbitantes. Así, muchas ciudades que parecían haber agotado sus riquezas renacieron al comercio por los buenos oficios de estos mercaderes.

A veces sucede que el Lector Conquistador decide ocupar ininterrumpidamente sus dominios, entonces se convierte en un “especialista” y recibe pedidos y consejos de otros lectores para poder circular por su territorio (o directamente los publica en forma de edictos). Otras veces deja atrás sus victorias, apresta su ejército y parte en busca de nuevas aventuras para sojuzgar otro rincón del mapa.

No todo es dicha en la vida del mercader, cuántas veces se habrá preguntado ¿Qué hago yo en esta ciudad desolada, en este pueblo fantasma, qué puedo extraer de este páramo yermo? Otras veces se somete a estadías prolongadas ante bucólicos paisajes sin obtener nada a cambio. No es raro que se quede sin dinero y tenga que escaparse de la ciudad dejando tras de sí un tendal de deudas. Tampoco puede explicarse por qué no regresa a aquel país donde tuvo tan buena estadía, tal vez tema encontrarlo cambiado, en verdad vive inmerso en la más completa incertidumbre. Pero ese es el precio para poder concretar sus “grandes negocios”.

Yo he sido, alternativamente, un Lector Conquistador y un lector mercader. Y en trance de elegir, prefiero seguir viajando, de ciudad en ciudad, pobre, algo perdido, pero a la espera de esa oportunidad que parece aguardar a la vuelta de la esquina.

Video

El domingo pasado fui a la casa de mis padres y me mostraron un video familiar que acababan de obtener y donde yo aparecía a mis 10 años de edad. Yo, ¿Dije Yo? Que palabra sospechosa. Digamos que lo que “yo” vi en el video fue a un niño modosito con cuello de la camisa por fuera del sweter y anteojos de marco grueso que tomaba té de a sorbitos. Esa criatura de donde yo vengo o de don-devengo, de pronto se ponía de pie y salía del cuadro de la filmación para anunciar en voz alta: “No quiero aparecer como un idiota o como un payaso, de esos que deambulan por las calles de Buenos Aires”.
Digamos que el de ahora habría creído al de entonces demasiado estúpido o demasiado inteligente para pronunciar esas palabras. Digamos, también, para estimular la mitologenia que por ese entonces “yo” no era lo que se dice un “avezado lector”. Entonces ¿De donde viene ese placer, ese deleite casi por las palabras? No se me ocurre otra explicación para el uso del término “deambular”, y ni hablar de la frase completa, improvisada en el momento, con una fuerza de choque propia de un manifiesto de vanguardia.
Pero ahora comprendo, en este mismo acto inútil de escribir, de escribirme, comprendo: ese chico no le habla a ninguno de los adultos reunidos alrededor de la mesa familiar, no ensaya una versión sofisticada del berrinche, tampoco se dirige a la cámara. Ese chico astuto envía un mensaje cifrado a una máquina del tiempo y a través de ella obtiene línea directa con este adulto entontecido. ¿Y cuál es ese lúcido mensaje? “No quiero aparecer como un idiota o como un payaso, de esos que deambulan por las calles de Buenos Aires”.
En estos tiempos confusos sus palabras resuenan en mi cabeza con ecos proféticos: no puedo hacer otra cosa más que prometerle que así será.

7 de Agosto de 2006

El paraíso, ahora

El sábado 16 de Julio fui a ver la película El Paraíso Ahora a uno de los dos únicos cines que todavía la exhiben: el Premier, en la función de las 21:10.
La película trata acerca de un día en la vida de dos jóvenes palestinos: Khaled y Said, que son elegidos para inmolarse como hombres-bomba en Tel Aviv.
Uno de sus méritos es que a pesar de tocar un tema tan urticante utiliza con destreza los recursos clásicos de la narración cinematográfica para aportar una visión palestina del conflicto. Otro punto a favor es que en lugar de apelar a discursos grandilocuentes o a golpes bajos se concentra en el drama de los dos amigos y a través de una duda que desvela a Occidente (¿Cómo puede un hombre dar lo más preciado de sí, su vida, para sacrificarla en un acto criminal que lo convierte en asesino de inocentes?) logra lo que a priori parecería imposible: que el espectador alcance un grado de identificación con los personajes y en el mismo proceso desestructura el discurso que identifica automáticamente a los hombres bomba con zombis sin posibilidad de elección a los que una agrupación terrorista les ha lavado el cerebro.
La película no aprueba la metodología de los terroristas, pero tampoco la condena (ahí radica su mayor carga polémica) mientras trata de comprender la decisión de los suicidas. De ahí que el clímax dramático consista en un monólogo en el que Said justifica su decisión mientras la cámara se acerca y convierte sus palabras en un alegato político.
En ese preciso momento, durante la función del sábado, una chica saltó de su butaca, se paró frente a la pantalla y mientras agitaba dos porras de cotillón con las manos, se puso a cantar “La Cucaracha”. El resto no tiene punto de comparación, pero el estupor de los primeros diez segundos no difiere en nada con el del hombre que saca un arma en la Avenida Cabildo y se pone a disparar, o el que explota en un Shopping de Tel Aviv. Después de ese silencio azorado comenzaron los insultos, los “¡Callate loca!” las puteadas, los llamados desesperados al personal de seguridad del cine (???) mientras la chica no dejaba de entonar “La cucaracha/ la cucaracha/ ya no puede caminar” una y otra vez. Todo duró unos eternos cinco minutos, hasta que una mujer mayor se levantó entre el público y tomo a la chica de la cintura para conducirla hacia la salida, en el preciso momento en que Said terminaba su monólogo.
Evidentemente, pensé entonces, los terroristas no son los únicos que creen poseer la “verdad de Dios” para imponérsela a los demás. Lo que implica la puesta en escena de esta “activista” no deja de inquietarme: no hay que discutir los argumentos de la película sino silenciarlos. También ilustra tristemente sobre la efectividad de los métodos extremistas para imponer sus objetivos: una chica con dos porras de cotillón y voz chillona puede impedir que ciento cincuenta personas vean una película. En un film sobre gente que se inmola ella plantea su disenso con el mismo método que quiere criticar: silenciar la voz del otro es el primer paso para su exterminio.Hoy todavía me preguntó que sentí en ese momento: rabia, impotencia, miedo, sí, pero algo más. Sentí pena. Pena por (y perdonen lo cursi de la expresión) la especie humana. Y pensé también que, si seguimos así, estamos irremediablemente perdidos.

17 de Julio de 2006

Caminos Cruzados

El próspero empresario industrial y novelista de tiempo libre, Italo Svevo desea aprender el idioma Inglés para ampliar las perspectivas de su negocio. Contrata como profesor a James Joyce.

James Joyce tiene la vista seriamente afectada y resuelve contratar un secretario: Samuel Beckett.

Cercado por el avance de los nazis, el filósofo Walter Benjamin se ve obligado a huir de Francia, donde se hallaba refugiado tras su huida de Alemania. Le es imposible llevar consigo las miles de páginas que conforman su obra cumbre “El libro de los pasajes”. No le queda más remedio que confiarlas a un gris empleado de la Biblioteca Nacional: un tal Georges Bataille.

César Aira tiene ocho años y corre por las calles de Pringles la cuadra que lo separa de la casa de su mejor amigo de infancia: Arturo Carrera.

Es medianoche a fines de los años cincuenta, pero para Borges da lo mismo porque ya habita un reino de sombras difusas. Camina sólo por una calle vacía, no lejos de su casa sobre la Plaza San Martín. Un extraño que cruza grita unos pasos después a sus espaldas ¡BORGES! Borges se detiene de golpe.
_Aquí Gombrowicz, dice el desconocido sin dejar de darle la espalda, y se marcha a paso lento.


27 junio, 2006

La Librería Argentina

¿Existe la crítica como arte poética? Héctor Libertella cree que sí y su afirmación tiene forma de libro: La Librería Argentina (Alción, 2003). Aquí el autor expone la tradición literaria nacional a los “obreros” del trabajo onírico: condensación y desplazamiento: la literatura argentina deviene así en una librería que a su vez es un barco, lo que no parece nada extravagante tratándose de una tradición forjada a las orillas de un río que se asemeja a un mar y todo en un país que, como reza el epígrafe “no es ninguna raza ni nacionalidad, sino puro estilo y lengua” (Osvaldo Lamborghini). De este modo Libertella se dispone, Virgilio, a guiarnos por los húmedos pasillos de este barco sin rumbo fijo (¿Una nave de los locos a la deriva, quizá?) al acecho de los escurridizos volúmenes, porque “algo habrá de flotante en los libros, algo de blando y difícil de atrapar, como si fueran peces pequeños: pequeños seres lunáticos que se adueñaron de todos los rincones”. Y en este galeón algunos piratas curten su piel en la cubierta mientras otros pálidos desdichados se pudren en las galeras.

En La Librería Argentina Libertella hace gala de una auténtica “imaginación crítica” y así Osvaldo Lamborghini es ese marinero que se detiene en algunos puertos “para comprar Todo en librerías (y leer todo como barato)”. Un marinero rumano que dormita en el trance insomne de un polvoriento sarcófago en la sentina del barco “ese vampiro; leía cualquier tipo de cosas, las digería después y las expulsaba por su Órgano Prestigioso”.

Claro que el galeón no sólo transporta inquietantes marinos y sospechosos polizontes sino también libros; cajas de libros que descienden entre embarques de contrabando para engalanar la vidriera de la Librería Argentina de Marcos Sastre. Sin que le tiemble el pulso, Libertella fotografía a todos esos jóvenes circa 1837 que esperan ansiosos acodados en la dársena y revuelven después la trastienda de la Librería, repleta de objetos exóticos. “¿Quién podría adivinar, con Echeverría, Gutiérrez, el mismo Sastre, Alberdi, cuantos de esos elementos fueron o no echando, desde aquel entonces, las Bases y Puntos de Partida Inconscientes para la Constitución Nacional de una Literatura?”

Se trata de un viaje sentimental, donde el grumete puede de pronto convertirse en capitán y avizorar junto al timón el incipiente rumbo de la crujiente nave: “¿Qué será moderno, todavía, en los noventa? Tal vez esa forma de barajar identidades de sujetos con personajes y vidas imaginarias”. Y en medio del viaje, en el rincón más oscuro de la bodega el alférez se tropieza con la sombra ciega del más taimado de los marinos, y a su lado, de pie, monumental, un Ahab que dedicó su vida a dar caza a la ballena blanca de la metafísica. “Borges por Macedonio” es uno de esos casos en los que el ensayo crítico convoca la felicidad de la ficción pura: una literatura de las ideas. Una entre ellas, extraída como muestra del lujoso tejido, se pregunta: “¿Sería posible una teoría de la lectura que postula que Uno es la necesidad de traducir a Otro?”. Gragea en precisa dosis para tratar la melancolía de los afligidos por la angustia de las influencias. Astrolabio maravilloso para trazar nuevas rutas de lectura.

Y la nave no detiene su curso, a través de mares helados y trópicos febriles, mientras Héctor Libertella apura su último ron en el bar de legendarios marineros y se dispone a una nueva travesía, sin ignorar su inevitable destino como el último de los argonautas.

Sr. Sánchez:

Querer escribir y no saber que. Con impostada inocencia dejarse arrastrar por el tobogán lúbrico de las palabras gastadas pulidas hasta hacerlas billar de carambolas ocasionales como el azar producto de la confianza que libera al sospechoso de su cárcel prisión de agujas invisibles: sí, las hebras de un telar que teje la trama de una novela abandonada antes de iniciarse. Pura dialéctica trunca puro tronco pelado de bosque extinto que no deja ver ni el blanco ojo del vacío que produjo. Baño de mierda para salir perfumado y perjurado de no delatar al más pintado, al que alardea en la esquina última del renglón superior. El hembro, el hombre, el pústulo postulante al oscuro panteón de la fama efímera de la gloria póstuma: el pis con pus que salpica la taza la balanza infiel el bárbaro comedido que se chupa el dedo, el atrás del desierto donde toman sol los evadidos: los adáneos, los felizmente expulsados del paraíso.

1 de Mayo de 2006

Soñado el 1 de Abril

Un hombre de túnica marrón y barba gris hasta el pecho me entrega una mochila y me pide que la lleve hasta el otro lado de la frontera. Es una mochila chica que apenas soportaría los útiles de un alumno de escuela primaria. Su contenido me abruma. Voy con la mochila de acá para allá. Trato de hacerme una idea a través de su peso, pero no puedo calcularlo. La mochila no pesa nada o bien tiene un peso absoluto, inconmensurable. La preocupación muda en angustia que trasmito a mis padres. Ellos sin dudar ordenan que la abra. “No puedo” me comprometí a no hurgar en su contenido. La mochila se abre sobre la cama de mis padres. Extraemos enormes camperas de pluma de ganso, pantalones enormes de doble y triple ancho. Extendemos todas las prendas en la cama como si montáramos un puesto de venta callejera. Voy a llevarlo más allá de la frontera “Es para un grupo de rap libanés”. Tengo que ir con mi auto, un viejo y vetusto Dacia, lo que aumenta las probabilidades de que me detengan y requisen. La frontera con Afganistán es en Vicente López, cruzando las vías del ferrocarril “también podría vender cds truchos” pienso. Me despierto.

Nadar Escribir

La conexión intrínseca entre nadar y escribir proviene de un estado mental y una disposición física (o al revés). Quien, tras cierta práctica, adquiere la destreza de la técnica natatoria, sabe que puede abandonarse a cierto “automatismo corporal” donde las brazadas se suceden sin solución de continuidad, el pataleo se acopla rítmicamente y la cabeza se asoma con regularidad para tomar el aire. Incluso el sonido de las manos cuando impactan sobre la superficie límpida para romper la trama invisible del agua, las burbujas que encapsulan el aire exhalado por la boca, el ligero chapotear de las patadas, conforman un mantra que propicia el estado de trance. Cuando se alcanza tal estado, tal vez después de cinco o diez minutos de nado ininterrumpido, el cuerpo pasa a un segundo plano como el susurro de una máquina eficiente y las cavilaciones mas disímiles tienen lugar: un sinnúmero de historias se suceden, sin principio ni fin, relatos coleópteros que se extinguen ante el mismo fuego que los convocó, apuntes, ideas que se desarrollan hasta su reducción al absurdo mientras que la escritura, que al momento de emprenderse se puede presentar como un amargo trámite, lleno de obstáculos, plagado de calles sin salida, de marchas atrás, de tachaduras a página entera, si acaso, en el azar de una línea, en el hallazgo de un giro acertado, a veces, las menos, cobra una especie de velocidad, las palabras empiezan a sucederse y encajan como las figuras geométricas de un tetris, y de pronto sin poder precisarlo me encuentro abandonado a un flujo que corre veloz y metódico, seguro de la corriente que lo anima como si se tratara de seguir el dictado de una voz que surge de ninguna parte, y en ese momento fugaz y único parece que no hay motivo para preocuparse acerca de lo que se está diciendo, las palabras se dibujan y cobran forma una detrás de la otra y lo que subyace al trazo de la birome sobre el cuaderno es un placer físico, un discurrir que avanza sin pausa a un ritmo establecido en una marcha constante hasta que un punto le pone fin.
Entonces asomo la cabeza para tomar aire.

14 de Abril de 2006

Monday, October 02, 2006

El acto del 24 de Marzo

El 24 de Marzo pasado se cumplían 30 años del golpe militar que instauró el régimen más atroz que vivió nuestro país. El Congreso, bajo una acelerada gestión del gobierno, votó una ley para sancionar la fecha como feriado nacional inamovible, por lo que la Terminal de Retiro se llenó de turistas sonrientes dispuestos a dorarse en las mismas playas de la costa atlántica donde 30 años atrás comenzaron a aparecer los cuerpos que eran arrojados desde los aviones. En mi caso decidí acudir al acto que se celebraba en Plaza de Mayo para repudiar a la dictadura, junto a otros compañeros matetuertistas.
El día se presentaba como una puesta en escena del Apocalipsis: cielo gris plomizo, y un viento fuerte que se colaba por las estrechas calles del centro y levantaba la basura de las veredas. Camino a la Plaza pudimos ver innumerables cantidad de pancartas y banderas que identificaban las columnas de grupos piqueteros, entidades de derechos humanos, partidos políticos, gremios y centros de estudiantes de diversas facultades.
Nuestra primera impresión al llegar a Plaza de Mayo fue el persistente olor de los choripanes, la segunda fue la decepción de ver la plaza divida a la mitad por un cerco de vallas metálicas, por lo que el acto sólo contaba con la mitad de su capacidad para albergar a las miles de personas que venían marchando con sus columnas o se acercaban en forma espontánea, como nosotros. El escenario directamente ocultaba la visión de la lejana casa rosada donde 30 años atrás partiera el helicóptero que llevara a Isabel Perón al exilio y al país al peor de los abismos. Tirados en el pasto sucio nos dedicamos a esperar que el acto diera comienzo. Mientras, escuchábamos las consignas que se desgranaban desde el escenario. Los oradores, por llamarlos de alguna manera, gritaban a voz en cuello, como si sufrieran un repentino y generalizado ataque de histeria aguda. No quisiera decir como si fueran el coro estable del manicomio, porque tuve el agrado de escucharlos y entonaban mucho mejor que esta gente. Las consignas, a su vez, empezaban bien: pedían cárcel común a los genocidas, restitución de los 500 jóvenes apropiados durante la dictadura, pero cuando la voz estridente anunciaba no al pago de la deuda externa, uno ya empezaba a sospechar, y cuando a punto de desgañitarse exigían libertad a los presos “por luchar” y retiro de la gendarmería de Las Heras, uno ya estaba casi convencido pero si quedaban dudas llegaban los greatest hits para confirmar “Fuera Yankis (sic) de Irak y de América Latina”. Después de la consigna llegaba el momento de la liturgia, la voz encrespada gritaba “TREINTA MIL COMPAÑEROS DETENIDOS DESAPARECIDOS” y todos, obedientes, tenían que alzar el puño y gritar “PRESENTES” la cosa se repetía dos veces más, cada vez más fuerte y cerraba con un “AHORA” para que los niños o los fieles de esta misa pagana dijeran “Y SIEMPRE”, antes de irrumpir en aplausos y vítores. Todo esto se repetía mecánicamente una y otra vez, hasta que el efecto mantra acabó por borrar cualquier vestigio de sentido.
Como para empeorar las cosas, la primera columna en llegar fue la de la Juventud Peronista, que no parecía ser la más esperada por la gente de la tarima, y menos a escasos centímetros del escenario. De inmediato interrumpieron el disco rayado y empezaron a pedir sin alardes de cortesía “al público” que se hicieran a un lado para dejar el centro libre a la “columna de las madres y abuelas que viene avanzando”. Los de la JP se hacían los distraídos y los pedidos eran cada vez más desesperados “Compañeros –dijo una voz de mujer al borde del ataque de nervios– tienen que correrse a un costado porque sino las madres no pueden entrar a la plaza y esta es la plaza de las madres” Los peronistas entonces trataron de correrse a la izquierda, pero muy poquito, casi nada. Invocando a las madres los organizadores lograron por un momento ganar la adhesión del público “Compañeros –gritaban por el micrófono –nos informan que la columna de las madres está a tres cuadras y no puede avanzar, hay que correrse a un costado para que puedan ingresar las madres”,
“Que-se-co-rran- que-se-co-rran” el cántico surgió espontáneo entre el público, como si se tratara de una función de Titanes en el Ring.
Pero los JP seguían firmes bien al frente en el centro de la plaza. Los organizadores trataron de continuar con el acto tal como estaba planeado y pasaron a la lectura de la “Carta abierta de Rodolfo Walsh a la junta militar”, pero las certeras palabras de Walsh eran interrumpidas sistemáticamente por los organizadores para pedir a los “compañeros” que dejaran libre el centro de la plaza, en un momento, mientras Rodolfo Walsh explicaba con escalofriante claridad los vínculos entre el golpe de estado, su política del terror y las recetas económicas dictadas por el FMI, una voz exaltada lo interrumpió para ordenar ¡SE TIENEN QUE CORREEEER! Unos minutos más tarde la lectura de la carta de Walsh volvió a ser interrumpida para anunciar que “El acto queda suspendido hasta tanto los compañeros dejen libre el centro de la plaza para que ingrese la columna de las Madres”, a lo que siguió un abucheo general y la pregunta que varios nos hicimos acerca de qué significaba suspender el acto ¿Teníamos que dejar de respirar los que llenábamos la plaza? ¿O agacharnos para ocultar nuestra presencia? ¿Qué cosa era el acto que con la plaza llena por miles de personas podía ser puesto en suspenso por cinco sujetos con acceso a un micrófono desde unos tablones unos metros sobre el suelo? Finalmente los JP dejaron lugar libre en el centro de la Plaza, justo en ese momento, un columna de PC, que avanzaba como una hilera de hormigas desde la diagonal, trató de colarse por el costado y quedar adelante, pero no lo consiguió.
Minutos después terminó la accidentada lectura de la carta de Walsh a la Junta con un aplauso generalizado y llegaron las madres, que marchaban bajo una extensa bandera con las fotos de los desaparecidos. Otra vez desde la tribuna se indicó al público lo que tenía que cantar “EL PUEBLO LAS ABRAZA/MADRES DE LA PLAZA” se desgañitaba una voz ronca por el micrófono aunque confundiendo el tempo de la canción, ubicaba una estrofa donde iba la otra y estropeaba el grito afinado de las miles de gargantas que trataban de expresar su admiración a esas mujeres valientes. Con la llegada de las madres se anunció desde el escenario que se pasaría a la lectura de un “Documento que fue consensuado por mas de 500 organizaciones sociales”. El mentado documento era como una versión ampliada de las consignas con las que machacaban antes de empezar el acto. Arrancaba pidiendo cárcel común a todos los partícipes del genocidio, apertura de los archivos secretos de la represión y restitución a sus familias de los jóvenes apropiados, pero después derivaba hacia la libertad de “los miles de presos políticos que encarceló este gobierno” “El retiro de los Yankis de Irak y el cierre de la cárcel de Abu Graib” y terminaba con peticiones tan fuera de lugar como “la libertad de cinco cubanos detenidos en Estados Unidos” o “El retiro de las tropas argentinas de Haití” (en realidad cascos blancos que forman parte de una fuerza de paz a las órdenes de la ONU). Las reacciones que la lectura del documento generó en el público fueron de la aprobación al desconcierto, el cierre fue, como no podía ser de otra manera, a grito pelado, repitiendo el viejo mantra de consignas con tono que casi rozaba lo castrense. Después las madres subieron al escenario y pidieron el micrófono. Otra vez la voz ronca la emprendió con “EL PUEBLO LAS ABRAZA…” Lo primero que dijo la madre cuando tomó el micrófono y después de agradecer a todos los que habían concurrido fue “Quiero aclarar que nosotras no firmamos el documento que se acaba de leer” a lo que siguió un aplauso ensordecedor. Después agregó “La plaza no es de nosotras ni de ustedes, es de los treinta mil desaparecidos” y después no pudo decir más nada porque los organizadores del acto le desconectaron el micrófono para que no siguiera desautorizando el uso espurio, hipócrita y cruel que ellos hacían de treinta mil muertes para filtrar sus consignas ante una tribuna que nunca podrían ni soñar con obtener en un acto propio.
MADRES DE LA PLAZA/EL PUEBLO LAS ABRAZA/ Y LA IZQUIERDA LAS AMORDAZA

El acto se dio por terminado en medio del escándalo (parece que alguien subió al escenario y le pegaron una paliza, pero eso no lo vimos) y nosotros tratamos de retirarnos, pero alguien había colocado vallas sobre la diagonal Roque Sáenz Peña y un camión del Partido Obrero obstruía el paso por Avenida de Mayo, por lo que la gente que encontraba la valla trataba de volver sobre sus pasos y quedaba aprisionada con la que empujaba desde la Plaza. Hubo unos instantes de tensión, empujones y puteadas, hasta que retiraron las vallas y se pudo descongestionar la zona.
Con los matetuertistas caminamos por Corrientes mientras compartíamos nuestra indignación por lo sucedido. Se largó a llover y el agua lavó un poco la basura de la calle que revolvían cartoneros e indigentes. Nos fuimos hasta Guerrín donde pujamos con otros cientos de manifestantes hasta que pudimos hacernos de una mesa en el entrepiso del local. Desde ahí vimos subir a un tipo con pantalón corto y remera negra con cuatro teclados de computadora, dos en cada mano, una escena curiosa pensamos. Después llegó una chica con un teclado bajo el brazo, y a los dos minutos fue evidente que todos subían la escalera con al menos dos teclados bajo el brazo. Nuestros vecinos de mesa le preguntaron a un hombre con su respectivo teclado en mano, que estaba pasando.
–Ahí afuera hay una caja llena de teclados, la gente pasa y se los lleva.
–¿Y funcionan? Quiso saber el chico de la mesa
-¿Y qué me importa, si igual yo no tengo computadora? Dijo el otro, mientras subía teclado en mano.
Pedimos rápido la cuenta y salimos a la calle. Al costado del local unos tipos que habían acaparado una veintena de teclados los ofrecían por tres pesos, pero si se lo peleabas los dejaban por dos. Caminamos hasta la esquina y vimos la caja, que aún era objeto de la rapiña general, nos sumergimos nosotros también y extrajimos nuestros respectivos teclados. Era el premio de una noche triste y absurda, una noche bien argentina.
Con ese teclado enchufado a mi computadora escribo este post.

26 de Marzo de 2006

Las Inscripciones en los Libros


Importa que mi lector se imagine un libro. Un libro cualquiera que haya pasado por sus manos a lo largo de su vida. Es probable, si los avatares de la lectura así lo quisieran, que en un momento, seducido por una frase, admirado por una sentencia, sorprendido por un juego de palabras, asombrado por un giro inusual, ese lector haya echado mano de la primera birome, lápiz o fibra a su alcance y haya delimitado aquel fragmento del texto, incluso es posible que, dejándose llevar por un inusitado entusiasmo hiciera asomar una flecha hacia los márgenes blancos y allí mismo, sin que nadie lo esperara ni se lo pidiera, expresara su propio juicio al respecto. Pues bien, sólo en ese preciso momento el lector se ha adueñado legítimamente del libro.

No le pregunten al mar por qué los ojos de una mujer de ojos negros son tan extraños y perdidos
Subrayado de Los subterráneos de Jack Kerouac (2001)

Es fama que los monjes copistas de la Edad Media solían dejar asentados en los márgenes de sus códices leyendas tan poco célebres como “que calor hace hoy en la abadía” o “no cesa de llover en el patio del monasterio”. Condenados a la copia mecánica del saber ajeno, no encontraban otro salvoconducto para liberar sus inquietudes, por insignificantes que fueran. Hoy día, lejos de los claustros monacales, leemos lo que queremos y, a veces, hasta queremos lo que nos es dado leer. Las inscripciones en los libros suelen ser una muestra de ese cariño, un tributo secreto que el lector le rinde al autor y su obra. De ese modo, todos los subrayados cayendo al unísono como palitos chinos al final del libro deberían sonar tal como los aplausos que premian un gran espectáculo. Claro que esto no anula el caso contrario, cuando la línea señala el propósito de amonestar, de hacer notar la falta, de elevar el reto o mejor aún, inicia una acalorada discusión con el autor. Tanto es así que en el fervor del debate muchas veces nos vemos doblando la esquina del margen para proseguir con nuestra argumentación.

Blef. Capote me aburre: se pasa todo el tiempo tratando de demostrar lo bueno que es.
Nota al margen en Un árbol de noche de Truman Capote


Hay libros cuya lectura se nos hace casi imposible si nos deniegan la posibilidad de subrayarlos. Libros con los que sentimos la imperiosa necesidad de involucrarnos, de discutirlos, de comentarlos y, por qué no, ego de vanos lectores, de completarlos. A veces escribir es una forma de leer.

Qué buena fórmula: “pensar con el rabillo del cerebro”. Aquello que sólo se insinúa en la mente sin terminar de desenvolverse.
Nota en Diario Argentino, de Witold Gombrowicz

De chico, en casa de mis abuelos, solía ojear un libro que enseñaba a tratar a los libros según el ejemplo del niño malo y el niño bueno: el niño malo ensuciaba los libros mientras que el niño bueno los preservaba impolutos, el niño malo rompía los libros, el niño bueno los protegía, el niño malo, horror de los horrores, escribía los libros, el niño bueno los conservaba inmaculados. Sólo de muy grande aprendí que no hay mayor tributo para un libro que ensuciarlo cuando lo posamos sobre mesas grasosas, ajarlo en plan de trasladarlo por todos lados, mancharlo con restos de diversas comidas y, claro, el mayor de los honores, escribirlo y subrayarlo.

Leer a Charles Bukowski es como un “polvo rápido”: se disfruta y se olvida
Nota al pie de Musica para Cañerías de Charles Bukowski (1998)

Esas inscripciones, por otra parte, nos aportan pistas sobre los lectores que fuimos: mediante el simple expediente de extraer un libro de la biblioteca podemos aproximarnos a la forma en que leíamos tres años atrás, desentrañar cuáles eran nuestros intereses de entonces, qué nos sorprendía y nos despertaba admiración en un libro. A través de las inscripciones en los libros podemos encontrar nuestra antigua subjetividad cristalizada como un insecto en una gota de ámbar.

Todo al revés para Benesdra: final feliz en la novela y trágico en la vida.
Nota al final de El Traductor de Salvador Benesdra (2004)

Y que me perdonen, pero sé que hay lectores, incluso amigos míos, que pretenden conservar sus volúmenes como si su biblioteca fuera un estante de las librerías Jenny. Sólo quisiera saber ¿Qué los detiene? ¿Cómo se las ingenian para reprimir ese irrefrenable deseo de marcar y acotar al margen? ¿Y en virtud de qué? ¿A quién tributan ese sacrificio inútil? ¿Al objeto libro en su estéril materialidad significante? ¿Al autor en virtud de un compromiso tácito de no intromisión con su texto? Yo, por mi parte, casi no puedo concebir leer un ejemplar sin anotarlo. El libro, en cambio, donde tracé con claridad las coordenadas de mis preferencias, el libro donde subrayé defectos y virtudes, el libro donde pude señalar citas a otros libros o conexiones con obras pretéritas que sólo existieron en mi imaginación, el libro donde discutí las tesis del autor, donde mi dicha y mi desengaño pudieron plasmarse en el espacio abierto de los márgenes. Ese libro es mío para siempre.

No olvidar lo feliz que fui al leer esto (mediodía frío y soleado en la estación Belgrano R. envuelto en mi abrigo de piel de camello) ¡Gracias J.R.W.!
Nota al pie de “Llorenç Riber” en La sinagoga de los iconoclastas de J.R. Willcock (1999)


3 de Febrero de 2006

Vicisitudes un primero de Enero de 2006

23:59, postrer minuto del fenecido 2005
Ingentes, conmovedores esfuerzos para ponerme de pie y abandonar la reposera en el balcón del piso donde la familia reunida celebra el fin de año y sumarme al impostergable brindis.

12:10 primeras impresiones del nuevo año.
Rechazo por enésima vez la porción de pan dulce de mi tía y busco la imposible posición óptima que distienda mis tripas y de cabida a todos los representantes del buffet froid, platos calientes y postres que ingerí desde horas atrás.

01:25 el año es saludado con estruendo
Mi primo, 32 años, orgulloso padre de dos hijos, finalmente logra su cometido y coloca el petardo “Tumba Rancho, 100% Villero” de la firma Júpiter, debajo de un sorete. Prende la mecha y echa a correr. Tras el estrépito regresa para constatar el estado del detritus canino. Ha desaparecido.

02:33 la música que suena en el auto que su padre, generosamente, cedió a Pato.
Los Ramones, a todo volumen.

02:42 resumen del heroico acto relatado por Pato merced al cual evitó un devastador incendio:
Desde los fondos de la casa fue lanzada una defectuosa canita voladora que vino a dar en el techo de paja del rústico quincho del vecino. Ante las abrasadoras llamas y los gritos de pánico, Pato se trepó a la medianera donde, abastecido por sus familiares de baldes de agua, atacó el inicio de incendio hasta reducirlo a cenizas.

03:54 pregunta recurrente de Matías Pailos, Pato y Zedi Cioso en la fiesta electrónica que se desarrolló en las inmediaciones del planetario y a la que acudieron a falta de otras opciones:
¿Hay forma de bailar esto sin pastillas?

04:02 uno de los comportamientos que presenciaron los amigos en la mencionada fiesta.

Una moto se detiene en el césped, su fornido conductor desciende, lleva una musculosa verde y marrón estilo militar, pantalones cargo negros y una pequeña mochila adherida a la espalda. Camina diez pasos, algo alejado del gentío, y empieza a moverse en forma espasmódica sin detenerse por los próximos veinte minutos.

05:15 Temperatura aproximada de la cerveza que se expende en la mencionada fiesta:

Tibio pis.

10:58 AM Acción que emprendo en ese instante.
Abro los ojos y corro al baño (no sin alcanzar a manotear mi libro de ocasión). A continuación se suceden escenas de hondo contenido dramático.
11:03 lo que temo en pleno trance colítico
Que baje la presión unas líneas más y me desmaye. Sufrir una deshidratación.

11:04 acción que emprendo para paliar mis temores
Trato de beber agua, intento estirarme hasta la canilla, pero no llego, pruebo despegarme de la tabla: imposible. Recurro desesperado al bidet, abro la llave con un movimiento leve y trato de embocar el chorro en la mano: no resulta. Apelo a una solución drástica y abro de golpe toda la llave: un géiser repentino despide un inmenso flujo de agua que me empapa todo el costado izquierdo del cuerpo sudado. No bebo, pero me refresco y recobro fuerzas para la lucha por venir.

13: 55 primera acción acometida al despertar definitivamente
Vuelvo al baño.
14:14 segunda acción acometida
Pongo a hervir agua para cocinar arroz.

15:25 como continúa el día
Abro la vetusta reposera y me instalo en el patio interior de mi casa. Me dispongo a leer una novela rescatada de mi propia biblioteca por Matías Pailos que acaba de leerla y la recomienda con entusiasmo


15: 36 actividad de otros vecinos que perturba mi lectura:
Mirar la saga de El Señor de los Anillos en dvd y comparar constantemente los avatares de la película con los del libro en que se halla inspirada.

16:03 Interrupción
Por una nueva visita al baño.

16:43 al elevar la vista
Veo un cuadrado de cielo nublado. Alegría. Una vecina reprende a su hija. Fastidio. Retomo la lectura.

17:01 impresiones sobre la novela elegida
Liviana, llevadera, de lectura veloz, con situaciones predecibles, sin sobresaltos, fruto de una investigación pero sin agobiar con datos eruditos. Una novela que yo mismo podría escribir si me resignara a aceptar mis limitaciones.

18:12 el riesgo asumido
Consiste en prepararme un mate aún si esto implica un boleto de ida al país del inodoro.

18:25 la gran ocurrencia de un vecino
Suena, de pronto, rompiendo un inusitado silencio que se había instalado en la vecindad horizontal, “In my life” en la versión original de Los Beatles. Pienso que éste debe ser uno de las cinco mejores canciones para escuchar un primero de Enero: un tema-balance, lleno de melancolía y pesar por el paso de los años, pero a la vez imbuido de una triste esperanza, aferrada a la imposible utopía del amor, ese “I love you so” del final melodioso que, lo sabemos, años después será parte de los lugares y las cosas que han cambiado, que se han ido. Cierro los ojos.

18:30 sensación experimentada
Haber superado el primero de enero, que ya fenece. Con esa desmedida confianza me siento frente a la computadora y compongo un nuevo post.

1 de Enero 2005